• Héctor Segura

The Big Short y el monstruo de la desigualdad

Actualizado: 13 de sep de 2020

Por Héctor Segura. Blog Económico Series


The Big Short es una de las muchas películas “obligadas” para los amantes de la banca, o mejor, para los amantes del estilo de vida en la banca. Seguramente muchos de ellos son estudiantes recién iniciados en la vida universitaria que entran a la facultad de economía con la visión de El lobo de Wall Street. Lo admito, yo fui uno de ellos. Pero de cualquier forma, esta película ofrece dos enfoques completamente distintos que son únicamente asequibles dependiendo de las gafas con las que se vea.

The Big Short, by Adam McKay

La película empieza presentando rápidamente la invención de un nuevo instrumento financiero por parte de Lewis Ranieri: el creador de bonos de alta rentabilidad y “bajo riesgo” respaldados por hipotecas. El afán de los bancos por enriquecerse provoca que este activo mute en el tiempo y se convierta en uno de los factores determinantes que harían explotar la crisis financiera en los Estados Unidos (sólo como epicentro) en 2008. Unos cuantos “bichos raros” se darían cuenta del fallo en la valoración de los bonos y del enorme fraude que promovía el sector financiero, por lo que deciden apostar en contra del mercado de vivienda, un mercado en aparente boom. Esto último es el primer enfoque que ofrece la película: la genialidad de la operación que les haría ganar cuantiosas sumas de dinero.

Este grupo de inversionistas entre los que se encuentra Michael Burry, administrador de un fondo de inversión, verifica en detalle los indicadores del mercado de vivienda y se percata de que se subestiman las tasas de impago de las deudas, que las diferentes agencias de calificación de riesgo, de más alto prestigio, mantienen la calificación de los activos evitando cualquier tipo de ajuste, análisis o siquiera ética profesional. Otros fondos, debido a esta falta de información confiable, realizan una pequeña investigación de campo en la que confirman que los créditos hipotecarios están siendo suministrados sin ningún tipo de restricción crediticia, es decir, cualquier persona podía adquirir un crédito por hipoteca por casas de cientos de miles de dólares así no tuviera ningún respaldo de ingresos o empleo. Los ingeniosos movimientos de estos banqueros, su inteligencia para encontrar tendencias opuestas y reconocer que el sistema colapsaría y la altísima seguridad que depositan en sus decisiones de inversión, a pesar de ir en contra de todas las tendencias económicas, son resaltadas a lo largo de la película. De seguro unas aptitudes atractivas para cualquiera interesado en el mundo de las inversiones. Lo explícito de este argumento intenta dejar en evidencia, más bien, la estupidez de las decisiones tomadas por los altos funcionarios de importantes bancos, de las agencias calificadoras, de la FED y de Wall Street en general.

El segundo enfoque tiene un gran contenido social. Este logra hacerse evidente a medida que se acerca el estallido de la crisis. Aparece en escena Ben Rickert (basado en Ben Hockett), un experimentado trader retirado que deja muy claro su disgusto y su desprecio por el mundo financiero. Ben, al ayudar a unos jóvenes entusiastas de un pequeño fondo de inversión con sed de dinero a concretar la compra de seguros de impago de deuda (CDS por sus siglas en inglés), instrumentos los cuales les permitirían apostar en contra del mercado y ganar enormes sumas de dinero, les hace un llamado de atención diciéndoles: “saben lo que odio de la banca… que reduce las personas a números”. Más concretamente, los tres fondos de inversión que se dan cuenta de la enorme oportunidad e invierten millones en estos títulos hacen una reflexión, al estallar la crisis, y deciden distanciarse del sector financiero, al igual que Ben. Sentimientos de remordimiento brotan de los administradores de dichos fundos cuando se percatan que han hecho parte del gran desastre que dejó la crisis en los hogares.

El estallido de la burbuja inmobiliaria provocaría que muchos bancos entraran en proceso de quiebra, pero fueran rescatados por el gobierno y, además, evadirían la justicia y se llevarían millones de dólares en rentabilidades. La peor parte se la llevarían los hogares. El enorme riesgo en las operaciones de los bancos generado por la estupidez, la ceguera y el afán de enriquecerse no lo asumirían ellos. Dicho riesgo lo pagarían todas las familias que, desafortunadamente, con menos información y menos educación financiera caerían en la trampa de estos activos fraudulentos. Muy bien lo dijo Joseph Stiglitz en el último capítulo de su libro El precio de la desigualdad: “si es deseable conceder un nuevo comienzo a las grandes empresas (o a los bancos), es igual de valioso concedérselo a las familias”. Esto haciendo alusión a que los hogares también tuvieran la posibilidad de reestructurar su deuda para que no quedaran en las calles algo que, por supuesto, no sucedió. El choque de la crisis recaería sobre la clase media y baja: los estadounidenses tuvieron que ver la desaparición de los ahorros de toda su vida, los fondos disponibles para su pensión, para la educación de sus hijos y, además, muchos quedaron desempleados. Son precisamente estos choques los que acentuarían la crisis y agravarían la desigualdad en Estados Unidos. Estas ideas son analizadas por J. Stiglitz en el libro que menciono; con lo cual invito a revisarlo de querer profundizar en el tema.

Muchos economistas están convencidos que hay que gravar la contaminación, pero entonces ¿cuándo se gravarán a los bancos por contaminar los mercados con instrumentos financieros tóxicos? O si por el contrario, como lo dice Robert Shiller, uno de los más grandes expertos en vivienda, en la propia portada de su libro Finanzas en una sociedad justa, ¿sería mejor dejar de satanizar al sector financiero y recuperarlo para que trabaje en beneficio de toda la sociedad? Son dos perspectivas que vale la pena pensar con cautela para nuestro presente. De cualquier manera es un gran momento para recordar las palabras de Mónica Vargas en una de sus clases: “recuerden siempre que detrás de los números hay personas” y recordemos también que desde el sector privado, así como se puede hacer mucho daño a las personas cuando estamos obsesionados con el dinero y los números, también podemos cambiar la realidad de mucha gente e incrementar el bienestar en la sociedad.