• Juan Felipe Quiñones Bustamante

Menos hijos para un mejor futuro

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Los avances tecnológicos de los últimos 3 siglos, más precisamente en salud y producción de alimentos, han permitido que la población crezca de manera exponencial. Para 1960, la población mundial era de 3 mil millones, mientras que actualmente ronda los 7.5 mil (un incremento del 150% en 80 años). Dejando de lado la alegría asociada con cada nacimiento, es momento de tomar una postura pesimista: “No habrá cama pa´ tanta gente”. El ritmo de reproducción de la raza humana es mayor a la velocidad con la que crecen los recursos, lo que implica que eventualmente el planeta colapsará. Sin embargo, los síntomas ambientales, como el calentamiento global, nos indican que ya estamos empezando a alcanzar los límites de nuestro ecosistema.

El problema radica en que, tal y como lo creía Keynes, si la escasez de recursos no puede ser resuelta de forma satisfactoria, la paz peligra. Si en Colombia somos capaces de matarnos por fútbol, imagínense qué pasaría a gran escala si tuviéramos que combatir por agua o comida. Entonces, de manera simplificada, la solución se reduce a dos frentes para evitar una guerra mundial en el largo plazo: o aumentamos los recursos o reducimos la cantidad de gente para repartirlos.

El primer enfoque, de manera simultánea, es el más atractivo y el más utópico. Delegarle el problema al ingenio humano es algo tentativo. Confiar en que alguien se encargue de innovar y resolver el problema de sostenibilidad sería un perfecto exponente de un antropocentrismo extremista. Sin embargo, jugamos con el tiempo en contra y, en términos futbolísticos, ya estamos llegando al minuto 90.

¿Y entonces? Ya que no podemos hacer el pastel más grande lo suficientemente rápido, tenemos que repartirlo entre menos. Si bien el enfoque marveliano de reducir el universo a la mitad es bastante exagerado, el mensaje va encaminado hacia la dirección correcta. Al disminuir el número de hijos por familia, se puede invertir una mayor cantidad de recursos en su formación, lo que resultaría en menos seres humanos más productivos y con mayor calidad de vida en el largo plazo.

De manera ilustrativa, supongamos el siguiente escenario: dos familias que son exactamente iguales a excepción del número hijos. La familia A tiene un hijo único mientras que la B tiene 10 y ninguno de los hijos tienen la capacidad de trabajar para generar ingresos adicionales. Si los ingresos familiares son de 10 millones de pesos mensuales, el gasto per cápita de cada hogar, siempre y cuando se repartan los ingresos en partes iguales, será de $3.300.000 y $833.000, respectivamente. A medida que los costos de subsistencia de cada persona crecen, el porcentaje disponible para inversión que los padres cuentan para cada hijo también disminuirá. Si esta cifra ronda los $400.000, el monto de inversión por hijo será casi 7 veces mayor para la familia A, lo que resulta en una mejor educación y posteriormente un mayor ingreso. De esta forma, se aumenta la desigualdad de la segunda generación y la movilidad social se convierte en algo mitológico para los descendientes de la familia B. A diferencia del ejemplo anterior, los ingresos promedio de una familia colombiana son una cifra significativamente menor a la hipotética y puede que los ingresos ni siquiera cubran el nivel de subsistencia. No es coincidencia que las familias ricas tengan menos hijos.


A diferencia de otras trampas de pobreza, la solución para poder superar esta es relativamente simple: tener menos hijos para poder invertir más en cada uno de ellos. No obstante, la voluntad humana no ha sido capaz de generar las condiciones expuestas anteriormente. La impulsividad e irracionalidad inherente a nuestra naturaleza nos impide ser computadores que evalúan cada posibilidad antes de actuar. Por eso, a veces necesitamos un poco de ayuda para alcanzar estructuras de comportamiento que sean socialmente óptimas. Un ejemplo en esta línea fue el caso de China, país que con la ley de un solo hijo logró mejoras sustanciales en la calidad de vida de su población.

Sin embargo, regular el libre desarrollo de la personalidad resulta excesivo y generaría polémica legal dentro del contexto colombiano, por lo que, en mi opinión, es más conveniente intervenir a través de pequeños incentivos o, como diría Thaler, “Nudges”. Concientizar a las personas sobre las mayores probabilidades de movilidad social de generaciones futuras más pequeñas y educadas, eliminar los tabúes asociados con la sexualidad para tener un ejercicio más responsable de la misma y legalizar el aborto son algunas de las muchas posibilidades alrededor del tema.

Esta propuesta tiene como intención conseguir un poco de tiempo. No es la solución definitiva a los problemas de pobreza y sostenibilidad, pero es un punto de partida razonable que nos permitiría eliminar una apocalíptica pero posible guerra mundial motivada por algo más fuerte que el nacionalismo: el deseo de supervivencia.


Juan Felipe Quiñones Bustamante