• Juan Manuel Guerrero

Los tamales y su relación con la economía

Actualizado: 13 de sep de 2020

Por Juan Manuel Guerrero. Blog Económico Series

Para empezar con este muy superficial análisis quiero que usted piense la última vez que se comió un tamal, envuelto o como desee llamarlo. Piense el contexto en el que lo hizo, más o menos cuánto le costó y por qué lo hizo. Este pensamiento lo usaremos más adelante.

El tamal, así sea difícil de creerlo, es una apropiación cultural de un alimento de origen mesoamericano que nace entre el 800 y el 500 a.C. Así es: el tamal no es colombiano. Pasando por innumerables generaciones, el tamal migró no solo a Colombia, sino también a la mayor parte de Centro y Suramérica. Sin embargo, nos hemos apropiado tanto de este producto extranjero que incluso en Ibagué existe el día del tamal. Su simple composición (carne, pescado o verduras envueltas por una hoja de plátano en arroz, maíz o harina) tiene en nuestro país una variedad única. Somos, al igual que México, el territorio con más variaciones del tamal, acercándonos a las 500, a comparación del resto de Latinoamérica donde cada país tiene de 3 a 5 variaciones. Pues somos un país biodiverso… ¿cierto?

Cada región de nuestra patria tiene su propia variación del tamal: es tal la apropiación incluso a nivel territorial que se suelen generar debates cotidianos frente a cuál es el mejor tamal o a decir que el envuelto, el bollo y la hayaca, son conceptos diferentes. La razón más sencilla puede recaer en, efectivamente, la diversidad de climas, cultivo y métodos de fabricación de este alimento. No obstante, una diversidad semejante ocurre en nuestros países vecinos y somos de los únicos que, como “contrato social”, decidimos ir cada uno por su lado y producir su propio tamal. Seguramente esto tenga una razón histórica aún sin investigar y, asimismo, el nivel interpretativo de este fenómeno es muy amplio. Puede considerarse como una descentralización del Estado en momentos históricos diferentes, o como un alto espíritu de emprendimiento e innovación en todos los rincones del país; como ya lo dije, cada uno saque las conclusiones que desee.

La revista Portafolio en el 2012 hizo un muy breve estudio, y uno de los pocos que hay, sobre el mercado del tamal. Con una entrevista al aquel entonces grupo Éxito, el cuál había optado por primera vez vender tamales en sus cafeterías, señaló que había tenido un crecimiento exponencial de la demanda en menos de un año. Se dijo que diariamente producían 10.000 unidades de las grandes y 18.000 de las minis. Con un aproximado, bastante subestimado a mi parecer, se dijo que en Colombia se vendían 50 millones de unidades al año con ganancias de hasta $129.000 millones de pesos. Solo esta cifra equivale a un 0,0002% del PIB para ese año de alto crecimiento.

¡Imaginémonos la magnitud del proceso agroindustrial de un producto tan básico como el tamal, la empanada u otros alimentos y sus impactos en miles de familias colombianas!

El tamal no solo puede servir como lupa para distintas características de Colombia, sino que también, dependiendo de la respuesta que tenga en su cabeza a la pregunta del comienzo, se puede identificar superficialmente su estrato económico y capacidad presupuestaria, sus gustos alimenticios (que podrían reflejar algunos patrones de consumo) y otro gran número de variables económicas que solemos obviar. Quién lo diría: algo tan sencillo tiene un gran significado sobre diferentes espectros de la economía.

¿Qué más estaremos obviando?